Hoy remonto la cima de tu efigie serena
y me inclino ante ti,
y pronuncio tu nombre con un dolor perdido
en tu estela de sal de lágrima olvidada.
Eres la lluvia mansa con blancura de cisnes,
eres la sed y el agua para saciarme en ti.
Yo,
que nunca presentí las madrugadas
con sueños de ceniza,
soy la niebla que expande su red en las deshoras,
soy enigma en la sombra,
y en la nada renazco de morir cada día.
Quédate en mí despacio, soledad. Tómame
en este beso ausente de mis labios,
viérteme en tu silencio porque,
después de todos y de todo,
yo siempre te esperé.

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